#María - la mal follada, la sincera, la intensa, la solterona, la española de 34 años, la jamona. Su palabra favorita es libertad. Es famosa y tiene dinero. John la dejó hace 15 años y no supera el abandono ni su adicción al corn syrup (a los Whoppers aka malted balls, para ser más exacta). En el fondo—muy allá en el fondo— es la más romántica de todas.

 

#Linda - la brujita, la sicóloga, la espiritual, la gringa que vive en Miami y a quien casi todas consideran su guía espiritual. A pesar de que sabe que jamás se aplica sus propios consejos y ha tenido más fracasos que bienaventuranzas, si no fuese por esta amistad que se ha desarrollado más allá de esquemas y juicios o códigos postales, María, Martita, Astrid, y hasta la misma Cecilia—entre otras— estarían al borde de un ataque de nervios cada tres segundos.

 

#Martita - la neurótica, la divorciada, la vulnerable, la boricua, la Madre de la Neura Femenina. Lleva más años en busca de macho que los que lleva trabajando en la misma oficina de abogados. O sea, más o menos 18. Odia a su jefe, “El Anticristo”, y no ha sido capaz de perdonar a los españoles por lo que les hicieron a las indias taínas en 1492, aproximadamente. Pero hay algo en Martita que conmueve al más duro. Ella trata. Es más, prueba todo lo que le dicen que puede ser medianamente interesante, todo lo que lee o lo que escucha en NPR. Desde que su marido la abandonó no ha sido la misma. Y eso que nunca le confesó que el bebé que perdió no fue un aborto natural, sino uno provocado, planificado y pagado por ella misma. De vez en cuando le entra la culpa, pero se consuela pensando que— en general— el era más cabrón que ella.

 

#Astrid - la cabecidura, la macrobiótica, la analítica, colombiana, todas la admiran por ser tan abierta a todo lo que proviene del más allá, pero cuando se trata de lo del más acá, es la más inflexible. Y ésa es su postura favorita. Es terca como una mula y sufre de decepciones crónicas bastante a menudo. Y cómo no, si tiene expectativas del mismísimo más allá. Su pasatiempo favorito es juzgar al prójimo. Porque es más fácil mirar hacia fuera. Puede que Astrid también sea infeliz. Pero a diferencia de María, ella aún no lo sabe. Es más, reniega de toda posibilidad obsesionándose con su dieta, que— dicho sea de paso— es la misma que la de Madonna. Menos mal que al menos terminó sus estudios de posgrado y se aseguró de hacerse ciudadana antes de que su amigo gay le dijera que ya no quería seguir casado con ella. Y que al fin controló su anorexia. Ahora se ha enfocado en la pintura. Así que se la pasa de la cocina al estudio, entre pinceles y cucharas de madera.

 

#Gladys - la hippie, la cat lady, la incondicional, la boricua. A sus 45 años parece “una nena de 15”. Siempre he pensado que la edad es un estado circunstancial del cerebro. Es —y siempre será— su excusa perfecta para hacer cricales y salir impune de cuanta pocavergüenza le da por inventarse. Pudor es antónimo de Gladys. Topless, su sinónimo favorito. No le cae tan bien Astrid porque juzga demasiado y para ella, todo el mundo es inocente hasta que pruebe lo contrario. Incluso, el marido de su mejor amiga, la maltratada (Victoria). Su canción favorita es “Zapatito roto, cámbialo por otro”.

 

#Victoria - la drama queen, la mamá, la complicada, la argentina que pese a las súplicas de Gladys, prefiere embarazarse. Y eso a María también la “cabrea mogollón”. Sobre todo, porque no logra hacer paz con la idea de que la economía en Buenos Aires esté peor que nunca y que la Victoria le venga con un: “Yyyy… pero vos no sabés que los pibes vienen con facturitas debajo del brazo, nena”. “¡Venga ya, tía, que no te enteras de nada!”, piensa María muy en sus entrañas madrileñas. Y porque su marido le pega. Ha sido víctima de violencia doméstica por los pasados seis años, justo antes de que naciera su primer hijo. Todas odian a su esposo, pero es un secreto a voces. Porque Victoria cree en las apariencias. En el fondo, siempre ha tenido complejo de fea. Y eso que dicen de que las feas son más agradecidas como que le sienta bastante.

 

#Yamila - la preguntona, la eterna optimista, la profesional, la dominicana, la inocente, la que le vende el alma “arrr diablo diunavé” sin decirle al diablo que se la está vendiendo y encima, le cobra comisión a su cliente. En otra vida, según Linda, fue judía. Siempre dispuesta a traer claridad a la mesa por el bienestar de todos y porque su alma es transparente y no conoce de agendas, algunas de sus amigas preferirían que a veces apagara la dichosa velita y no fuese tan preguntona. María, sin embargo, aprecia mucho la buena voluntad de Yamila. Así como su irresistible cuerpo tropical. Y Yamila se caga de la risa cuando María le dice: “Maja, te tengo un cotilleo de la ostia, que pa’ qué…” Cuando Yamila la va a visitar, se pasan sus días entre el tapeo y el flamenquito. Pero María, como buena española—y a diferencia de su amiguita dominicana—sí sabe beber. Yamila celebra su vida, porque está convencida de que es afortunada. Sólo con mirar para el lado lo confirma. De las diez, sólo ella y Zulma conocen lo que es el amor verdadero. O al menos eso piensan. El único problemita es que el marido de Yamila tiene complejo de Roberto Carlos: tiene un millón de amigos. Y todas son mujeres. Y todas se han acostado con él. En el fondo es un buen hombre. Al menos no le pega como el de Victoria, ni la abandonó como el de Martita, ni es invisible como el de María. Él sólo es “melao pa’ las mujeres”. Y ella tiene complejo de Shakira: es loca con su tigre.

 

#Zulma - la ‘aquí no pasa nada’, la felizmente casada, la fuerte, la nuyorican. Quedarse como Carmen Sotomayor (aka jamona) es y siempre será su peor miedo. Es la razón por la cual “agarró marido” tan pronto como le cantó el gallo. Por eso aguanta desplantes e insultos. En parte, intimidada por su madre, en parte porque la vagancia es uno de sus talentos más evidentes. Tal vez nunca sabrá que eligió al hombre incorrecto. Más que todo, porque no quiere saberlo. Porque tiene el alma en carne viva y no se ha enterado. Quienes logran penetrar un poco en su corazón se consideran afortunados. Zulma no habla nunca de sus emociones. Para ella todo siempre “it’s ok, fantastic, terrific, awesome”. Pero de las emociones de los hombres, sí que se atreve a opinar, cual experta. “Men are like mushrooms: when it rains, todos vuelven back to the surface looking for más ketchup”, opina la felizmente casada desde que tiene uso de razón—y conste que lo tiene hace tiempo, porque Zulma es una de las mujeres más seguras de sí mismas que madre haya parido, a pesar de que es la más joven del grupo. O al menos eso piensa. Por más que ha intentado, no logra embarazarse. Lo cual la mantiene bastante alejada de Victoria. Es pura envidia lo que sale por sus poros cada vez que la ve embarazada. Pero al menos ya sabe que la envidia no es más que admiración con coraje. Tristemente, cuando Linda cuestiona su necesidad de ser madre, su única razón válida es que es su deber como esposa.

 

#Elisa - la bipolar, la genio, la enfermiza, la cubana. Todas saben que con Elisa hay que tener cautela. Mas bien, mucha paciencia y compasión. En su fase maniaca, es la más graciosa, la más eficiente, la perfeccionista. En su fase depresiva, cualquier hoyo es trinchera, así que sálvese quien pueda. Cree en Dios, pero sólo cuando le conviene. La última vez que la vieron con un hombre, era su primo que venía de visita desde La Habana. Elisa es asexual. Pero algunas piensan que en el fondo, es la más puta. La más player. En una ocasión, María encontró un aparato motorizado del tamaño de un dildo entre su gaveta. Parecía usado y vibraba bastante. Esto, meses antes de que le descubrieran células cancerosas en su útero. Tenía apenas 30 años. Fucking cáncer!

 

#Cecilia - la diva, la periodista, la práctica, la yogui, la ciudadana del mundo. Siempre ha querido ser hombre. Ser hombre por un par de horas, claro. Es que siente gran fascinación por el ‘seso masculino’, como mejor describe la simpleza del género. She is a gay man trapped in a woman’s body! Siempre bromea con las demás diciendo que hay mujeres que prefieren actuar como el salitre: porque no hay quién les meta mano. O como las rebajas. “Tengo una buena amiga, a quien respeto mucho, pero cuando medito por ella le pido al universo que eleve su nivel de conciencia y deje de verse a sí misma como una oferta válida mientras dure”, arremete como quien no quiere la cosa para cerrar con broche de oro su clase de Kundalini yoga del martes. Y todos se ríen porque ya saben que lo que sale de la boca de Cecilia es potencialmente motivo de despido en algunos países. Pero a Cecilia no le importa. Ella es la irreverente por excelencia. La rebelde con causa probable. Una mezcla inconcebible entre razón, corazón y curvas peligrosas. No viene de ningún lado y va a todos lados. A ella, el alma mas bien se le balancea por el cuerpo. Mejor dicho, por los chacras. Cecilia no quiere tener hijos. Lo tiene clarísimo.